El niño al que se le murió un amigo

Cuento de Ana Maria Matute con profundidad sobre el duelo
Mònica Lapeyra i Pertussini

El niño al que se le murió un amigo

¿Recuerdas la primera vez que murió alguien cercano y querido? ¿Qué edad tenías? ¿Qué recuerdos guardas de ese momento?

La primera muerte a la que nos enfrentamos en la vida es, como mínimo, impactante. Muchas veces, dolorosa. En algunas ocasiones, desgarradora y traumatizante.

A edades tempranas en las que no se alcanza todavía a entender qué es la muerte (en realidad algunas personas no quieren entenderlo nunca), suscita muchas preguntas, y tal vez menos dolor. El sentimiento de pérdida se va "entendiendo" conforme se va viviendo en la experiencia que esa persona ya no está.

Lo que a mi modo de ver es muy real es que la primera muerte con la que nos encontramos, nos hace madurar. Es una escena vital significativa en nuestro desarrollo. Y deja la huella del primer duelo, la primera pérdida humana. El primer "nunca más".

En este cuento Ana María Matute lo metaforiza con esa maestría y templanza que la caracteriza.

A ver qué te parece, léelo con el corazón abierto y sereno para escuchar su voz de fondo:

 

EL NIÑO AL QUE SE LE MURIÓ EL AMIGO

Una mañana se levantó y fue a buscar al amigo, al otro lado de la valla. Pero el amigo no estaba, y cuando volvió, le dijo la madre: “El amigo se murió. Niño, no pienses más en él y busca a otros para jugar”. El niño se sentó en el quicio de la puerta, con la cara entre las manos y los codos en las rodillas. “Él volverá”, pensó. Porque no podía ser que allí estuviesen las canicas, el camión y la pistola de hojalata, el reloj aquel que ya no andaba, y el amigo no viniese a buscarlos. Vino la noche, con una estrella muy grande, y el niño no quería entrar a cenar. "Entra, niño, que llega el frío”, dijo la madre. Pero en lugar de entrar, el niño se levantó del quicio y se fue a buscar al amigo, con las canicas, el camión, la pistola de hojalata y el reloj que ya no andaba. Al llegar a la cerca, la voz del amigo no le llamó, ni le oyó en el árbol ni en el pozo. Pasó buscándole toda la noche. Y fue una larga noche casi blanca que le llenó de polvo el traje y los zapatos. Cuando llegó el sol, el niño, que tenía sueño y sed, estiró los brazos y pensó: “Qué tontos y pequeños son esos juguetes. Y ese reloj que no anda, no sirve para nada.” Lo tiró todo al pozo y volvió a casa, con mucha hambre. La madre le abrió la puerta y le dijo: “Cuánto ha crecido este niño, Dios mío, cuánto ha crecido”. Y le compró un traje de hombre, porque el que llevaba le quedaba muy corto.

Si me quieres explicar tu primera experiencia con el duelo, mándame un correo electrónico a Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo..