• Inici
  • Blog
  • El niño al que se le murió un amigo

El niño al que se le murió un amigo

Cuento de Ana Maria Matute con profundidad sobre el duelo

El niño al que se le murió un amigo

¿Recuerdas la primera vez que murió alguien cercano y querido? ¿Qué edad tenías? ¿Qué recuerdos guardas de ese momento?

La primera muerte a la que nos enfrentamos en la vida es, como mínimo, impactante. Muchas veces, dolorosa. En algunas ocasiones, desgarradora y traumatizante.

A edades tempranas en las que no se alcanza todavía a entender qué es la muerte (en realidad algunas personas no quieren entenderlo nunca), suscita muchas preguntas, y tal vez menos dolor. El sentimiento de pérdida se va "entendiendo" conforme se va viviendo en la experiencia que esa persona ya no está.

Lo que a mi modo de ver es muy real es que la primera muerte con la que nos encontramos, nos hace madurar. Es una escena vital significativa en nuestro desarrollo. Y deja la huella del primer duelo, la primera pérdida humana. El primer "nunca más".

En este cuento Ana María Matute lo metaforiza con esa maestría y templanza que la caracteriza.

A ver qué te parece, léelo con el corazón abierto y sereno para escuchar su voz de fondo:

 

EL NIÑO AL QUE SE LE MURIÓ EL AMIGO

Una mañana se levantó y fue a buscar al amigo, al otro lado de la valla. Pero el amigo no estaba, y cuando volvió, le dijo la madre: “El amigo se murió. Niño, no pienses más en él y busca a otros para jugar”. El niño se sentó en el quicio de la puerta, con la cara entre las manos y los codos en las rodillas. “Él volverá”, pensó. Porque no podía ser que allí estuviesen las canicas, el camión y la pistola de hojalata, el reloj aquel que ya no andaba, y el amigo no viniese a buscarlos. Vino la noche, con una estrella muy grande, y el niño no quería entrar a cenar. "Entra, niño, que llega el frío”, dijo la madre. Pero en lugar de entrar, el niño se levantó del quicio y se fue a buscar al amigo, con las canicas, el camión, la pistola de hojalata y el reloj que ya no andaba. Al llegar a la cerca, la voz del amigo no le llamó, ni le oyó en el árbol ni en el pozo. Pasó buscándole toda la noche. Y fue una larga noche casi blanca que le llenó de polvo el traje y los zapatos. Cuando llegó el sol, el niño, que tenía sueño y sed, estiró los brazos y pensó: “Qué tontos y pequeños son esos juguetes. Y ese reloj que no anda, no sirve para nada.” Lo tiró todo al pozo y volvió a casa, con mucha hambre. La madre le abrió la puerta y le dijo: “Cuánto ha crecido este niño, Dios mío, cuánto ha crecido”. Y le compró un traje de hombre, porque el que llevaba le quedaba muy corto.

Si me quieres explicar tu primera experiencia con el duelo, mándame un correo electrónico a Aquesta adreça de correu-e està protegida dels robots de spam.Necessites Javascript habilitat per veure-la..